Articulos

CONGRUENCIA

7 octubre 07 by Jorge Estrella Peñamedrano

Se que este intento de plasmar estas ideas no me resultará fácil de escribir, y tampoco será fácil de digerir para los que se tomen unos minutos y decidan leerlo. Sin embargo, por convicción, no puedo guardar silencio frente a aquello que se manifiesta como síntoma y que día a día se agudiza, hasta irrumpir en todos los escenarios en los que transcurre nuestra vida.

Las estructuras tradicionales han dejado de dar respuestas a las nuevas necesidades, con la desaparición del viejo modelo familiar han desaparecido aquella “verdades” que se presentaban como inmanentes y dado paso a la incertidumbre.

El discurso de la postmodernidad, matizado por algunos rasgos de un tiempo fenecido, no ha podido dar respuesta a las nuevas necesidades individuales y sociales.

Pareciera que aquella obra publicada en los 70 por el Dr. David Cooper, uno de los padres de la antipsiquiatría, llamada “La muerte de la familia” se ha convertido en un presagio que ya nos alcanzó.

La pérdida de la identidad sexual de hombres y mujeres, en lo atinente a los roles asignados históricamente a cada género, nos ha llevado a una terrible confusión acerca de cuál es el papel que nos toca desempeñar.

Todos los escenarios se han visto afectados por esta extinción de los modelos aceptados históricamente, y lo peor del caso es que no existe una propuesta acerca de cuáles serán los nuevos roles a representar.

¿Qué significa ser hombre? ¿Qué significa ser mujer?

Si tomamos el modelo tradicional masculino, ser hombre heterosexual, representaba: ser fuerte físicamente; ser arriesgado y agresivo; ser exitoso, ser competitivo; ser un buen proveedor, no expresar emociones atribuidas a lo femenino, como llorar, quejarse, sentir dolor, ser tierno, tener miedo, estar cansado, etc.

Si nos remitimos al significado de ser femenina, ser mujer representaba, en primer lugar no tener presencia en los espacios públicos, sino estar confinadas a los espacios privados; ser madre; ser esposa; estar a la sombra y bajo la protección de un hombre, llámese padre o esposo; exteriorizar sus emociones. Eran muy bien visto en ellas el recato, la sumisión, el silencio, la abnegación, la dedicación al hogar y el servicio a su esposo e hijos.

Estos dos seres tenían perfectamente delimitadas sus obligaciones y sus derechos, y sus hijos crecían bajo esos paradigmas, los cuales había que representar en los tiempos e instancias que sus padres fueran disponiendo.

¿Qué acontece hoy?

Los viejos roles están seriamente cuestionados, es más, nadie se atrevería a expresar de manera acabada qué significa ser hombre o qué significa ser mujer, podemos reseñar que, al parecer, todo se vale.

Hoy nadie es menos o más hombre, es igual en el caso de ser mujer, si es homosexual, heterosexual, bisexual, metrosexual, asexual, no por eso se pierde la identidad, es decir que el ser hombre o ser mujer no pasa por la definición sexual, ya que la Teoría de Género ha atribuido que todas las diferencias, a excepción de las genitales, forman parte de una cultura cuyo empeño fue el de relegar a la mujer a una condición infrahumana.

Podríamos decir que fuera de las funciones fisiológicas, no hay nada natural que sea causa de un determinismo en el ser humano. Lo atribuido como “natural” ha sido esgrimido por grupos de poder a los efectos de mantener un control social, erigiéndose en jueces del acontecer personal.

Y es aquí donde emerge lo “cultural” como responsable de lo acaecido y de lo que nos deparará el futuro. Somos seres producidos por la cultura e influimos en ella, ya sea con nuestra aceptación, con nuestra crítica, o con la producción de nuevos “valores”.

¿Cuál está siendo la consecuencia de la pérdida y cuestionamiento de los roles tradicionales, sin plantear una propuesta de nuevos modelos relacionales?

En primer lugar pudiéramos decir que confusión y desconcierto en muchos segmentos de la población. Esta confusión genera miedo y éste es el causante de la mayoría de los hechos violentos que hoy se han generalizado en nuestro entorno. Hombres que golpean a sus compañeras, mujeres que han asesinado a sus esposos, hijos que maltratan a sus padres, padres que victimizan a sus hijos, y así pudiéramos continuar con una larga lista de ejemplos cuyos índices denuncian el síntoma social por el cual atravesamos.

Sumados a estos indicadores de violencia familiar se pueden agregar el incremento alarmante de suicidios, adicciones, violencia escolar y pública, prostitución infantil, abuso de menores, etc.

Todos estos actos podemos agruparlos bajo la denominación de síntomas y ¿Qué es un síntoma? Desde un enfoque psicoanalítico un síntoma es la representación de un hecho cuya lesión generó un trauma. Ese trauma se constituyó como una huella, un símbolo mnémico el cuál retorna desde el inconsciente manifestándose como síntoma.

En palabras de Freud, “Un síntoma es una palabra atrapada en un órgano”. En las mías, y siguiendo con este mismo concepto, nuestra sociedad tiene discursos completos atrapados en sus órganos, representados éstos por las instituciones que conforman la organización social y todos ellos reflejados de manera compartida con todos los que las integramos, generando un trauma colectivo que no ha podido ser revertido. Inversión que requeriría la resignificación de un significado cuyo significante ha dejado una profunda herida, heredada a través del transcurso de las civilizaciones.

¿Cómo sanar estas heridas y liberarnos de los traumas?

Les comparto la única receta que he podido convalidar a través del tiempo: “Poder hablar y saber escuchar es nuestra única posibilidad de cura, toda lo demás es inútil y dañino.”

Nuestras instituciones (Políticas, educativas, empresariales, etc.) deben aprender a hablar, y a escuchar en su discurso las incongruencias de una retórica superada en el devenir por todos los cambios que se han generado en nuestra civilización y que sin embargo se empeñan en mantener sin ser conscientes del daño que producen.

Es a partir del estudio entre los significantes y significados que podemos empezar a estructurar, desde el lenguaje, un discurso que promueva nuevos modelos relacionales, en los que prevalezca el respeto por la diversidad y la inclusión, en donde exista una real igualdad en las diferencias.

El lenguaje impulsará los cambios en las estructuras preceptúales y afectivas, traduciéndose en nuevas representaciones, acordes y en resonancia con la realidad social imperante.

Este nuevo discurso, si es promovido por nuestras organizaciones, las pondrá en la cúspide del respeto y como evidencia de responsabilidad, por ser generadoras de los cambios necesarios para alcanzar el bienestar general y el bien común e insertando los valores requeridos en un mundo cuyo dinamismo exige estar permanentemente actualizando el lenguaje de referencia.

De darse este paso, las empresas asumirán el liderazgo perdido, y recuperaran la alineación, la integración y la institucionalización perdida, entonces si podrán retomar en su discurso la maravillosa palabra CONGRUENCIA.

Salvar este artículo en:

 meneame |  technorati |  del.icio.us |  digg |  reddit |  furl |  spurl
 googlekicks  scurj |  ma.gnolia |  newsvine |  google |  yahoo



Comentarios





Ayuda Textile

Sinapsis Empresarial