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Sinapsis Solution: La importancia de sentir

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La importancia de sentir

4 mayo 07 por Sinapsis

Sentir puede ser como la corriente de un río provocado por el deshielo al pié de una inmensa montaña, o simplemente por el aleteo delicado de las alas de un colibrí. Sea lo que fuera, no estamos exentos de sentir aquello que nos molesta, aquello que nos pueda llegar a perturbar, a causar ruido, como tampoco estamos exentos de sentir aquello que nos da placer, que nos inspira confianza, que nos hace sentir cómodos, con los demás y con nosotros mismos.

Sin embargo, hoy en día nos cuestionamos por qué en nuestros lugares de trabajo no se nos permite expresar nuestras emociones y sentimientos, y en qué medida esto afecta nuestra calidad de vida, y la calidad en las relaciones humanas, dificultando que estas sean genuinas y positivas.

Daniel Goleman, entre otros autores, ha escrito varios libros respecto a la inteligencia emocional; uno de ellos, específicamente, sobre este tema en las empresas, y de cómo éstas ignoran las emociones de las personas que la conforman, y en el peor de los casos consideran a las emociones como algo negativo, irracional y perjudiciales para la empresa.

Si consideramos que el trabajo es una experiencia integral, veremos que las emociones juegan un papel fundamental. Las emociones son un factor intrínseco de la naturaleza humana y no pueden ser segregadas artificialmente de la vida personal, creando una separación entre vida personal y profesional, en la que la lógica racional es la preferida.

De todo esto surge una pregunta, por demás interesante ¿Cómo influye la inteligencia emocional en los procesos de cambio de la empresa? Para responder debemos de tener en cuenta que las emociones son una parte integral en la adaptación frente a los procesos de cambio.

La manera en que las emociones afectan las transformaciones en una empresa pueden ser mejor entendidas si los procesos de cambio fueran divididos en componentes individuales. Estos tres elementos son: La receptividad –apertura al cambio-, la movilización –acciones a seguir-, y el aprendizaje –acciones correctivas y modelos de pensamiento-.

Una vez leí que mientras mayor o menor sea nuestra capacidad de sentir placer, tan mayor o menor será nuestra capacidad de experimentar dolor.

Sentir está ligado a nuestros sentidos. Sentimos y percibimos con la totalidad de nuestro cuerpo. Luego esos sentimientos se transforman y se convierten en señales que estimulan esos sentidos y también nuestro cerebro, el cual lleva a cabo una lectura y un análisis e interpretación de aquello a lo cual nuestros sentidos están siendo sometidos. A partir de ese momento, diferenciamos si lo que estamos sintiendo es o no conveniente para nuestro bienestar, y si es necesario poner límites a esos estímulos.

Intentamos poner nombre a aquello que sentimos o, en su defecto, describirlo de alguna manera. A veces, es tal el sentimiento que nos embarga que sólo a través de metáforas podemos explicarlo y transmitir lo que estamos sintiendo: “Siento mariposas en el estómago”, “Siento como si tuviera la cabeza nublada”, “Siento como una aguja clavada en el pecho”. De alguna forma estamos tratando de describir aquello que percibimos sobre nuestro propio sentir. Siendo esto sólo el primer peldaño que nos conducirá a una puerta en la que surgirán nuevos sentimientos.

Cada día trae consigo nuevos sentimientos, sensaciones, y estados por los que atraviesa nuestro ser. Algunas veces tratamos de repetir aquellos instantes agradables, esos momentos que nos hicieron sentir más vivos, más plenos. Otras, nos conformamos con lo que está a nuestro alcance y tratamos de descubrir cuales son esos contenidos, sus significados, para sentir que nuestra vida tiene un sentido.

Muchos de estos cambios, en nuestros estados de ánimo, se deben a la irrupción de estímulos que no fueron ni buscados ni invocados, pueden ser el contra-efecto de un sentir agradable, o simplemente un estado de abandono, determinado por una etapa en la vida de ese ser humano. Por ejemplo el sentimiento de “soledad”, el cual puede generar diferentes estados, según la persona que lo viva, éste puede ser de paz o de tristeza.

A veces, el ritmo que llevamos, la monotonía en nuestras vidas, la falta de equilibrio entre nuestro cuerpo y nuestra mente, nos pueden llegar a producir cierto desasosiego, o lo que es lo mismo, alejarnos de lo que usualmente denominamos “sentirnos vivos”.

Pero ¿qué es ese sentirme vivo? ¿Cómo se manifiesta en nosotros? ¿Cómo hemos aprendido a disfrutar de la vida? ¿Cuáles son los introyectos que nos impiden sentirnos realizados y cómo los hemos aprendido?

Esto, probablemente, no sea más que las consecuencias de vivirnos exentos de nuestro cuerpo, como algo integral, y habernos segmentado para vivirnos en una porción de éste, la cabeza. Pareciera ser que una respiración deficiente, demasiado estrés, una vida desordenada, vicios y placeres momentáneos en exceso, fueran algunas de las causas indicadoras de esta separatividad.

Pero ¿qué es lo que nos imposibilita poder llegar a sublimar aquellos estados en los cuales nos solemos sentir incómodos con nosotros mismos, y a la vez imposibilitados de ir más allá, en la búsqueda de un nuevo sentimiento, el cual nos aleje de la frustración?

Para encontrar la respuesta es necesario partir de la autoaceptación y así empezar a reconocer estas fuerzas inherentes y a la vez ajenas a nosotros mismos, las cuales nos arrastran, poco a poco, a los excesos que nos hacen caer en la fantasía de “sentirnos vivos”: gula, lujuria, ira, pereza, soberbia, avaricia, envidia. Si ya se, no son nuevos, pero no por eso han perdido vigencia.
También podríamos incluir dentro de nuestro modelo de “sentir”, un sentimiento que ha prevalecido por los siglos, y que no ha contribuido en mejorar nuestra calidad de vida, y sólo en muy pocos casos ha sido el detonante de una búsqueda genuina, este es “la culpa”. A causa de nuestra educación judeo-cristiana, la persona ha sido enseñada a llevar una vida en la que el auto-sacrificio, como promesa de una vida ultraterrena de dicha y paz, es una constante, creando nuestro propio infierno en esta existencia, tal vez única e irrepetible. Esta misma actitud nos lleva a vivir en un divorcio permanente entre el cielo y la tierra, o lo que es lo mismo entre nuestra “realidad” y el “ideal”, el cual se muestra irrealizable en esta vida.

Entonces, retornemos, no hemos aprendido a responder ante lo que realmente sentimos o percibimos en nuestro entorno, hemos dejado, si es que alguna vez lo hicimos, de confiar en nuestra sabiduría organísmica, o en nuestra intuición. La mayoría de las veces respondemos en base a estos patrones culturales aprendidos, protagonizando este “malestar de la cultura”, nutriéndolo con nuestra propia actitud. Es así como sujetos a la “ley del rebaño” cargamos con cosas que ni siquiera son nuestras y que sin embargo hemos aprendido que debemos doblegarnos ante ellas.

De esta manera, estamos dejando de lado la posibilidad de asumir nuestra propia responsabilidad frente a nosotros mismos, única posibilidad de experimentar la vida con nuestro verdadero ser, alejando de nuestro camino aquello que no es ser, llámense sueños, fantasías, deseos, ambiciones, etc. que fluctúan y generan ruido a la hora de querer fijar las metas a nuestro propio barco.

Antes de alcanzar el verdadero sentido de nuestra propia existencia, y realizar esta empresa personal, debemos sanar para que nuestra alma esté en resonancia con su propósito, y de esta manera lograr encontrar el sentido de que las emociones sanas se gestan y surgen a partir de este encuentro con nuestro verdadero ser.

Ahora si, nuestra empresa personal estará en sintonía con las grandes o pequeñas empresas en las que trabajamos, y éstas facilitaran la realización de las personas en toda su plenitud, y el ganar – ganar, dejará de ser sólo retórica.

Muchas gracias por su valioso tiempo.

Ulises Ramiro Estrella H.

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Comentarios

  1. Ulises, un gran placer leer tus palabras.

    Por Patricia Lapique el 6 mayo 2007    #

  2. Ulises,

    Interesantes los puntos que tocas. Algo que se pudiera agregar es el aspecto cultural que de alguna u otra forma dirige lo que debemos sentir y lo que no. La cultura decide que los hombres no deben expresarse y por lo contrario si una mujer no llora es una insensible.

    De acuerdo con lo que mencionas de lo religioso, pues en este caso se decide que debemos sufrir para merecer los cielos, de ahí que ya nuestros sentimientos sean de culpa y siempre se busca algún motivo para no ser feliz.

    Saludos

    Por Berenice el 26 septiembre 2007    #

  3. hola Uli..
    Que dilema , el sentir!
    ¿Debemos actuar de acuerdo a nuestro sentir más inmediato, sin el temor a equivocarnos?....

    Espero ver la Proxima publicacion.

    Por Papa F. el 7 enero 2008    #

  4. Desgraciadamente se da un valor equivocado al sufrimiento, o se confunde esfuerzo con sufrimiento, “si quiero ganar el cielo debo sufrir en la tierra” y por lo tanto nos programamos para pasar por el dolor cerrándonos posibilidades de crecimiento que a la vez, nos hacen sentir que no hemos logrado las cosas y con eso reforzamos mas nuestro ideal de sufrimiento, y se hace un círculo vicioso…

    Por Daniel Treviño el 9 mayo 2008    #





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