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Ser Padre
7 junio 07 por Sinapsis
Qué podría decirles a aquellos que son padres, o a aquellos que un día lo serán, o a los que han tenido el privilegio, o la desgracia, de poseer uno.
Tratando de ser congruente, lo único que pudiera hacer es compartir mi propia experiencia y la resignificación que he realizado del concepto de papá. Esta última ligada a la vivencia de haber sido hijo y a la de ser, en la actualidad, padre.
Sin ninguna duda, me convertí en el padre que a mí me hubiera gustado haber tenido. Muchos conocen mi historia, pero para aquellos con quienes no he tenido la oportunidad de platicar, les comparto que a la edad de seis años mis padres se divorciaron, así que carecí de un modelo paterno que me sirviera de paradigma para luego poderlo representar.
La ausencia de una percepción en cuanto al rol de papá, la carga emocional condicionante de las sensaciones vividas por esta carencia, y la representación siempre improvisada, debido a un modelo ausente, y a la vez idealizado, constituyó mi papel de padre.
Estoy convencido que en este papel de ser papá, sané las heridas de aquel niño abandonado, también las del pequeño víctima de las injusticias de los adultos, las del rechazo por ser, en aquella época, “hijo de padres divorciados”, las de la humillación de convivir con otros niños que sí tenían papá, y las de la traición de aquel hombre que me dio la espalda para alejarse y no velar por mi. Estas cinco heridas que constituyen el mayor impedimento para ser “uno mismo” y tan bien expuestas por Lise Bourbeau, yo, al igual que tantos niños, las padecí en carne propia, o tal vez debería decir en alma propia.
Así como me convertí en el padre que a mi me hubiera gustado tener y no tuve, ahora cabe preguntarme ¿Fui el padre que a mis hijos les hubiera gustado tener?
Es duro enfrentarme a esta pregunta, sobre todo cuando la respuesta es NO, y como tal la debo aceptar.
Hace un par de años atrás y estando mis dos hijos, ya hombres, de visita en Monterrey, les pregunté cómo había sido yo como padre, la respuesta de ambos fue muy similar. En primer lugar me dijeron que había sido un muy buen padre, pero a continuación expresaron lo que surgía de esas capas más profundas del ser, almacenadas durante mucho tiempo en su inconsciente:
“Papá nos metiste todos tus miedos, y hasta la fecha lidiamos con ellos.
Fuiste asfixiante, esa es la razón por la que ninguno de nosotros estamos a tu lado. Siempre estabas encima nuestro dándonos tus razones y proyectándonos tus temores de todas las cosas existentes en el mundo que nos amenazaban.” Incluso uno de ellos me reprochó el haberle expropiado la satisfacción de haberse comprado con su propio esfuerzo el primer carro que tuvo.
Pudiera continuar, pero para qué, no aportaría gran cosa al relato, y creo que con estas breves palabras queda claro el mensaje: Fui el padre que a mi me hubiera gustado haber tenido, pero no tuve la sensibilidad, ni la flexibilidad, ni la capacidad de haber podido representar el papel del padre que a mis hijos les hubiera gustado haber tenido.
Ahora voy a involucrar a “otros” padres, los cuales me consultan periódicamente acerca de los conflictos que mantienen con sus hijos, y esto me ha permitido verme actuando de manera similar a la de ellos, y reconocer mis equívocos, que aunque tarde para rectificar mis errores todavía a tiempo para pedir disculpas a mis hijos.
Fuimos educados en la normatividad: “Lo que ustedes tienen….” “Lo que ustedes deben…” “Lo haces así porque soy tu padre…” y este fue el modelo que nosotros implementamos, sumado al miedo de perder el control.
Lamentablemente el miedo provoca aquello que trata de evitar, “lo que se evita se invita”, y esto se manifiesta en nuestra incapacidad de escuchar y de ver, para poder conectarnos de manera empática con las necesidades de nuestros hijos, y dejar de estar constreñidos a un rígido libreto, ausente de comprensión y de amor.
Es realmente triste cuando recibo a un adolescente en mi consultorio y le pregunto ¿Te gustaría ser como tu papá? Y la respuesta no se deja esperar: “¿Estas loco? Si por eso vengo contigo, tengo pánico de terminar siendo como mi padre”.
Con estas preguntas y una reflexión voy a terminar mi escrito: ¿Qué clase de padre eres? ¿Qué clase de padre te gustaría ser? Y la más importante ¿Qué padre quieren tener tus hijos?
Tal vez haya llegado el momento de pensar, de sentir, de ver y escuchar, por nosotros mismos, y dejar de lado esas enseñanzas que cristalizaron una cultura que ha colaborado en hacer infelices a demasiadas generaciones.
Sin embargo, estoy seguro que este domingo muchos de nosotros recibiremos un abrazo, o una llamada telefónica, y una voz cargada de sentimientos nos dirá:
¡FELIZ DÍA PAPÁ!
Seamos merecedores de ese amor.
Como siempre ¡Muchas gracias!
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Hermoso artículo papá!
Dar gracias me sabe a poco, eres, has sido y serás mi mejor amigo.
TODOS LOS DÄS, para mi SON EL DÍA DEL PADRE!
TE QUIERO MUCHO!
Tu hijo Anibal.
Por Anibal el 8 junio 2007 #
ser padre no és tarea fácil
ahunque el hijo mayoritariamente no quiera parecerse al padre siempre se siente admiración hacia él por haberlo ayudado a crecer.
saludos desde barcelona
muy bueno el artículo!!!
Y felicidades a todos los padres del mundo
un abrazo
DANI
Por Dani (bcn) el 8 junio 2007 #
Jorge: Esta carta es un maravilloso obsequio para los padres en esta fecha.
Enhorabuena.
Por Andres Zarate el 14 diciembre 2007 #